jueves, 11 de diciembre de 2014

EL BESO.


Acababa de regresar de tomarme mi segundo café de la mañana cuando subía en ascensor a mi puesto de trabajo en compañía de una señora de unos setenta años: una mujer que por su edad podía ser mi madre. La señora iba muy bien vestida, con el cabello excesivamente arreglado y con el rostro perfectamente maquillado. El silencio entre ambas inundaba el lento ascenso del viejo ascensor y de pronto, su perfume jabonoso y exquisito se ha posado en mis fosas nasales. Un comentario por mi parte ha provocado una reacción en la desconocida.
-¡Huele muy bien!
A lo que ella ha respondido:
-¿Quién?
Y yo le he contestado con naturalidad:
-Usted es la que huele muy bien.
Y para mi sorpresa, la señora me ha dado un abrazo y un beso en la mejilla.
Era un beso cálido, de agradecimiento. Me ha gustado, porque bien podía haber sido un beso de mi madre, esa que nunca me ha besado. Pero era el beso de una desconocida: una generosa desconocida.
Un halago a cambio de un beso de madre. Buen trueque.

3 comentarios:

Sonia Esser dijo...

¡Pues guarda todos mis abrazos en un saquito porque te voy a decir cositas bonitas todos los días!

¡Un muackiles gordote!

RoSaLíA NaVaRRo dijo...

Qué bonito, acepto esos abracitos.
Besos wapi.

Realilla dijo...

Muy bueno. Mis abrazos y besos, guárdalos también, me gustaría poder dártelos en persona pronto. Un beso, guapa.