martes, 28 de abril de 2015

TALLER LITERAUTAS: LA MALDICIÓN.



LA MALDICIÓN

   
    Era algo intangible lo que se percibía en aquel lugar donde el viento mecía las copas de los pinos negros famélicos. La ausencia de otras vidas cercanas hacía del paraje un lugar mudo, silencioso y siniestro. El acantilado de Euxuku tenía muchos rincones mágicos y bellos. Allí creció una variedad de orquídea negra muy poco común que estaba extinguida por culpa de un gran incendio; un desastre que calcinó la vasta extensión que ocupaba el parque natural.
No era algo tangible lo que me hacía sentir cierta inquietud que parecía injustificada; era lo que quedaba ciego ante mis ojos. Quizá la maldad se sentía así; silenciosa, huidiza e inexplorable. Me pareció ver algo por el rabillo de mi ojo derecho, una sombra fugaz e inquieta. ¿Se trataba de Claudia? Contuve el aliento y me convencí de que era absurdo tener miedo de la inexistencia.
No me hallaba allí por casualidad. Claudia, mi mejor amiga, había desaparecido en el acantilado. Hacía casi un año que la buscaba y no había ninguna pista sobre su paradero. Como inspectora de policía me sentía impotente. Recordé algo que Claudia me confesó, una travesura de adolescente que acabó en una tragedia para el entorno natural del acantilado. Un incendio provocado por un grupo de adolescentes borrachos, entre los que se hallaba mi amiga, acabó por extinguir la flora autóctona. La zona fue repoblada pero aún se estaba reforestando el terreno. Desde aquel incidente, Claudia se transformó en una ferviente ecologista guardiana de la naturaleza. A menudo me burlaba de ella por su obsesión naturista, aunque sabía que todo lo hacía para enmendar su error de juventud.
    El viento dejó de acariciar mi cabello para espantarlo. Las rachas eran frecuentes en el acantilado de Euxuku y la ausencia de ellas me hubiese extrañado. De súbito, la quietud repentina se adueñó del paraje. La ausencia de sonido natural me inquietó. Los pinos dejaron de bailar junto a la flora adusta de la zona rocosa. Me sentí como si estuviera visionando una película muda en la que la imagen se hubiese quedado congelada en el tiempo. Intenté serenarme y lo logré por unos breves instantes, hasta que vi como las olas del mar azulón hibernaban, esperando una señal para continuar su movimiento natural. Me pregunté qué hacía allí, en aquel lugar maldito en el que había desaparecido mi mejor amiga en extrañas circunstancias.
Giré sobre mi misma y dirigí la mirada hacia la tropa de pinos negros que custodiaba el acantilado. La imagen era escalofriante ante la ausencia de sonido y movimiento. El mar era una masa de agua inactiva y las gaviotas tan solo unas manchas blancuzcas inmóviles en el cielo. El letargo antinatural presagiaba la presencia de fuerzas malignas, aunque no descarté que su procedencia fuera divina. La cuestión era que mi amiga tenía razón; el acantilado de Euxuku estaba maldito y algo sobrenatural pululaba por la zona. Las preguntas se agolpaban en mi mente: ¿qué sucedía en el acantilado? ¿Cuánto tiempo duraría la hibernación?
Consulté la hora en mi reloj de pulsera. Solo hacía un minuto que nada se movía, que todo permanecía inerte. En esos instantes de irrealidad yo era el elemento discordante. Me asusté y lancé una pregunta a gritos hacia el cielo: ¿dónde estás? Y como si la naturaleza retorcida y vengativa me hubiese escuchado, el firmamento soltó un grito ensordecedor. Las nubes se preñaron para ponerse de parto. Y lloraron con tal intensidad que se formaron torrentes de agua en el terreno accidentado. Corrí hacia el sendero que me conduciría al aparcamiento del acantilado pero mis botas resbalaron sobre el fango. Me caí de rodillas sobre unas piedras puntiagudas y el dolor se hizo presente en mi cuerpo. La lluvia no me dejaba ver lo que tenía delante y cuando creí que nunca saldría de aquel maldito lugar, la naturaleza vengativa me devolvió a Claudia.
De un río formado por la tormenta, el esqueleto de mi amiga surgió del enmarañado bosque reforestado. Los pinos negros alargaron sus brazos furiosos contra mí. La imagen de Claudia era una grotesca caricatura y supe que era ella porque aún llevaba en su mano esquelética su pulsera preferida; aquella que le regalé en su último cumpleaños. El acantilado de Euxuku me había devuelto a mi mejor amiga, o mejor dicho; la había vomitado como si fuera algo nauseabundo que ya no deseaba alojar en sus entrañas.


Rosalía Navarro.

1 comentario:

La Maripili dijo...

UAU! me ha gustado