domingo, 6 de diciembre de 2015

NÉMESIS.

 Las mujeres ya no somos como antes. Ya no nos miramos al espejo para vernos reflejadas en él, si no para contemplar con mirada crítica nuestros defectos físicos; porque las mujeres de ahora no podemos tener curvas, hemos de ser perfectas. Y nos hacen creer que de ese modo los hombres nos amaran, nos desearan y nos serán fieles. ¡Qué absurdo lema hemos escogido!
Y basamos la belleza en los conceptos de una sociedad vacua.
Ya no somos mujeres que se visten con la fragancia de un perfume y escoge un vestido para cubrir su desnudez. No, más bien el vestido nos escoge con una cruel etiqueta que indica nuestro grado de imperfección.
¡Maldita sea la moda y su reglas sádicas?
¿En qué nos hemos dejado  convertir? ¿En muñecas perfectas que intentan despertar deseos pasajeros en otros?
Seamos realistas: son pocos los hombres que llevan un pañuelo en el bolsillo con sus iniciales bordadas. Hombres que te abren las puertas, que te besan pensando solo en ti, que te adoran con la mirada y que no buscan Barbies Malibú.
Y a veces, muchas veces...
Pues eso, te sientes sola en medio de una multitud. Y cuando pasas de los cuarenta, edad en la que la mujer debería estar en su plenitud, nos sentimos viejas escobas.
Y de pronto, cuando encuentras de nuevo el amor... te etiquetan. Porque es eso, AMOR, no etiquetas para controlar lo que sentimos por alguien, hombre o mujer. Pero parece que eso descoloca a la sociedad, que necesita catalogar los diferentes sentimientos, amores, enlaces...
Lo siento, yo ME NIEGO a que me etiqueten. Yo soy yo.
Y amo a una persona, no a un sexo.
Igual que me conformo con mis caderas anchas, mi pecho pequeño, mis piernas y cabello negro. ¿Quién controla las etiquetas de la belleza, del amor?
¿Qué hilos nos sujetan para creer que una mujer no debe tener caderas, ni muslos, ni celulitis...??? ¿Quién me debe decir que lo que siento por una persona tiene un nombre específico, catalogado, etiquetado y analizado? Lesbiana, heterosexual, bisexual... ¡Anda ya! Menuda memez.
La belleza está en la imperfección. Eso nos hace únicos. ¿Y si...? ¿Y si comenzamos a romper esquemas? ¿Te atreves?
Porque yo ya estoy cansada de mirar lo que como, de contar calorías, mirarme al espejo y descubrir que por mucha hambre que pase mi ancha cadera está ahí, diciéndome: me moriré contigo, haz lo que te plazca, yo seguiré aquí.
Y todo para ser deseada, aceptada y... eso, ¿y qué?
En esta época navideña de excesos económicos, solidaridad repentina y glotonería desmedida todos jugamos al mismo juego. Un ritual que se repite cada año. Y después ¿hacemos dieta? La del melocotón, la de piña, la de la estupidez...

Este año voy a cambiar. No seguiré el ritual macabro navideño.
Me regalaré un perfume y vestiré mi cuerpo femenino de amor propio.
Y regalaré autoestima para aquellas mujeres que solo ven en el espejo un cuerpo maldito.
¿Qué tal si dejamos de ser todas perfectas?
¿Qué tiene que ver la Navidad con las compras compulsivas y el tinglado que hemos montado con el supuesto (yo aún eso no lo tengo claro) nacimiento del Salvador de la humanidad?